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Durante siglos, la respuesta parecía obvia. Cada generación vivía mejor que la anterior. Nuestros abuelos trabajaron para que nuestros padres estudiaran; nuestros padres se sacrificaron para que nosotros tuviéramos mayores oportunidades y nosotros hemos intentado hacer lo mismo con nuestros hijos. Era un pacto no escrito entre generaciones.
Pero algo se rompió en el camino.
Por primera vez en mucho tiempo, existe la posibilidad real de que millones de jóvenes vivan peor que sus padres. No porque sean menos capaces, menos trabajadores o menos preparados. Paradójicamente, es todo lo contrario.
Nunca una generación había tenido tantos títulos universitarios, tanto acceso al conocimiento y tantas herramientas tecnológicas al alcance de sus manos. Sin embargo, tampoco una generación había enfrentado un panorama tan incierto sobre su futuro.
Les dijimos que estudiaran una carrera universitaria y conseguirían un buen empleo. Les mentimos. O, por lo menos, repetimos una verdad que dejó de existir hace algunos años.
Hoy, miles de jóvenes egresan de universidades que continúan impartiendo programas académicos prácticamente idénticos a los de hace veinte o treinta años. Mientras el mundo habla de inteligencia artificial, análisis de datos, robótica, biotecnología y ciberseguridad, algunos centros educativos parecen haberse quedado atrapados en otra época.
No existen carreras inútiles, pero sí universidades irresponsables que siguen vendiendo sueños profesionales desconectados del mercado laboral.
El problema es mucho más profundo que conseguir trabajo.
Supongamos que un joven mexicano consigue empleo al terminar sus estudios. Después deberá enfrentar otro desafío: obtener un salario suficiente para independizarse. Posteriormente intentará comprar una vivienda cuyo precio aumenta mucho más rápido que su capacidad de ahorro. Finalmente descubrirá que, probablemente, deberá trabajar más años que sus padres y ahorrar más dinero para aspirar a una jubilación que quizás nunca llegue.
¿Suena exagerado? Las cifras dicen lo contrario.
Más del 58% de los jóvenes mexicanos trabajan en la informalidad laboral y apenas poco más del 44% de la población ocupada cuenta con un empleo formal con acceso a los esquemas de seguridad social. La incertidumbre laboral dejó de ser una excepción para convertirse en una nueva normalidad.
Mientras tanto, el acceso a la vivienda parece alejarse cada vez más de las nuevas generaciones. Comprar una casa a los treinta años comienza a parecer un privilegio y no el resultado esperado del esfuerzo profesional.
La jubilación tampoco ofrece demasiadas certezas. Nuestros padres podían imaginar su retiro a los 60 o 65 años. Los jóvenes de hoy probablemente deberán trabajar hasta los 70 años o más, construir sus propios esquemas de ahorro y enfrentar sistemas pensionarios sometidos a enormes presiones demográficas y financieras.
Quizá somos la última generación que todavía alcanzó a vivir entre dos mundos: uno analógico y otro digital. Compramos nuestra primera casa antes de que existieran las plataformas digitales, conseguimos empleo entregando currículums impresos y conocimos un mercado laboral más estable.
Nuestros hijos no tendrán esa experiencia.
Ellos competirán con la inteligencia artificial, con trabajadores del otro lado del planeta y con tecnologías capaces de transformar profesiones enteras en apenas cinco años. Algunas de las carreras universitarias que hoy existen podrían desaparecer antes de que los estudiantes que ingresan este año se jubilen.
¿Estamos preparándolos para ese futuro?
Me temo que no.
Seguimos preguntándoles qué quieren estudiar, cuando quizás deberíamos preguntarles qué problemas serán capaces de resolver dentro de veinte años. Seguimos educándolos para conseguir un empleo cuando deberíamos enseñarles a adaptarse a cinco o seis profesiones diferentes a lo largo de su vida.
Les enseñamos matemáticas, pero no educación financiera. Les pedimos memorizar conceptos, pero no aprender a aprender. Los graduamos con títulos profesionales, pero sin las herramientas necesarias para enfrentar un mundo extraordinariamente cambiante.
Sin embargo, esta columna no pretende ser un ejercicio de pesimismo.
Las soluciones existen y llevan años sobre la mesa.
Necesitamos universidades mucho más ágiles y vinculadas con las necesidades reales del mercado laboral. Debemos incorporar educación financiera desde los niveles básicos de enseñanza. El dominio del inglés y las habilidades digitales ya no son ventajas competitivas, sino requisitos mínimos para el futuro. El aprendizaje permanente tendrá que convertirse en una filosofía de vida y no únicamente en una etapa que termina al salir de la universidad.
También debemos redefinir lo que significa el éxito. Quizás nuestros hijos no trabajarán cuarenta años en la misma empresa ni ejercerán una sola profesión durante toda su vida. Eso no significará haber fracasado, sino haber aprendido a sobrevivir en una economía diferente.
Hay una última reflexión que me parece fundamental.
Durante décadas les hemos dicho a nuestros hijos que pueden ser lo que quieran ser. Tal vez llegó el momento de cambiar esa frase por una más honesta: pueden convertirse en aquello que estén dispuestos a seguir aprendiendo durante toda su vida.
No sé si les hemos robado el futuro a nuestros hijos. Pero sí sé que les estamos heredando el mundo más complejo, competitivo y cambiante que haya conocido nuestra generación.
La gran pregunta es si tendremos la humildad suficiente para aceptar que ya no podemos prepararlos para el mundo en el que nosotros crecimos, sino para uno que ni siquiera nosotros alcanzamos todavía a comprender.
Porque quizá la mejor herencia que podemos dejarles no sea una casa o una carrera universitaria.
Quizá sea enseñarles a reinventarse una y otra vez.
La van a necesitar.
Armando Bueno
Fuentes: Instituto Nacional de Estadística y Geografía (INEGI), Encuesta Nacional de Ocupación y Empleo (ENOE); Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económicos (OCDE), Education at a Glance; Organización Internacional del Trabajo (OIT), informes sobre empleo juvenil; y estudios del mercado inmobiliario mexicano publicados por instituciones financieras y organismos especializados en vivienda (2024-2026).
Imagen generada con IA


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