views
Por Victor Arce
Por estos días, cuando se habla de música latina en Estados Unidos —y cada vez más en el resto del mundo— un nombre aparece de inmediato: Bad Bunny. Para muchos es un fenómeno cultural; para otros, una simple moda. Para algunos, incluso, un símbolo de orgullo latino. Y es justo ahí donde vale la pena detenernos a pensar.
Lo digo desde una postura personal —y profundamente respetuosa—: Bad Bunny no me representa como latino. No por su origen, ni por su historia de vida, ni por su éxito. Mi distancia tiene que ver con el mensaje que se ha vuelto dominante en buena parte de su obra: la exaltación del perreo, la hipersexualización constante y una narrativa que reduce el vínculo humano al consumo rápido del cuerpo y del placer.
No se trata de atacar al artista como persona. Se trata de cuestionar lo que su propuesta cultural comunica… y lo que el mercado decide amplificar.
El Super Bowl como espejo de una sociedad polarizada
La participación de Bad Bunny como artista principal del espectáculo de medio tiempo en el Super Bowl LX del 8 de febrero de 2026 ha encendido una ola de reacciones polarizadas en Estados Unidos, reflejando no solo gustos musicales, sino tensiones culturales más profundas.
A favor:
• Muchos fans y celebridades aplaudieron la energía y la celebración de identidad que trajo el espectáculo, destacando la alegría y el mensaje de unidad que transmitió interpretando hits como Tití Me Preguntó o Yo Perreo Sola.
• Personalidades como el actor Adam Sandler expresaron entusiasmo por la actuación y la vibra positiva que generó, independientemente del idioma de las letras.
• Para otros espectadores, incluso sin entender español, la puesta en escena fue una experiencia vibrante y emocionante —“love is a universal language” fue una frase recurrente en redes sociales.
• Figuras políticas como la presidenta de México calificaron la actuación como “muy interesante” y destacaron el espíritu de unión expresado en el escenario, más allá de diferencias lingüísticas.
En contra:
• Desde sectores conservadores, figuras como el expresidente Donald Trump calificaron el show como “absolutamente terrible” y lo describieron como una afrenta a valores estadounidenses tradicionales, criticando que la actuación fuera completamente en español y no familiar para el público general.
• Grupos alternativos organizaron espectáculos paralelos, argumentando que el Super Bowl debería reflejar artistas percibidos como más “tradicionalmente americanos”.
• Entre algunos fans del fútbol americano hubo reacciones de indiferencia —e incluso confusión— sobre la elección del artista, con comentarios de que “ni siquiera sabían quién era” o no se sentían conectados con su música.
• En redes como Reddit emergieron opiniones duras que consideraron el espectáculo “aburrido” o “mediocre”, señalando que para muchos estadounidenses acostumbrados a artistas anglófonos de generaciones pasadas la propuesta no cumplió expectativas tradicionales de entretenimiento.
¿Por qué este fenómeno es tan grande… y tan divisivo?
Más allá de gustos personales, lo que hemos visto con Bad Bunny —y amplificado por el Super Bowl— es una confrontación de narrativas sobre qué significa “ser representativo”.
Para muchos en la audiencia estadounidense tradicional —especialmente aquellos que no hablan español o no están familiarizados con la música latina contemporánea— su presencia en uno de los escenarios más vistos del planeta resultó inesperada, incluso ajena.
Para otros, especialmente dentro de comunidades históricamente marginadas, su actuación no fue solo música, sino un símbolo de visibilidad, de que identidades diversas cuentan y existen.
Esta división no surge únicamente de una preferencia estética, sino de cómo entendemos la cultura, la identidad y la pertenencia en un país cada vez más diverso. Muchos no hispanohablantes aplaudieron la energía y el mensaje de unidad, aunque no entendieran las letras. Otros sintieron que el entretenimiento del Super Bowl escapó de sus referencias culturales tradicionales.
Entonces… ¿a dónde vamos como sociedad?
Tal vez la pregunta no es únicamente a dónde va la música. La pregunta es a dónde va nuestra manera de relacionarnos con el arte, la identidad cultural y el significado de representación.
Cuando el mensaje dominante gira una y otra vez en torno a:
-
usar,
-
desechar,
-
exhibir,
-
competir,
-
dominar,
no solo estamos escuchando canciones; estamos normalizando un imaginario social.
Y es allí donde valdría la pena hacer otra pausa: ¿qué música nos conmueve? ¿qué mensaje queremos que nos represente? ¿qué comprensión tenemos de nuestra propia identidad?
Una invitación, no una condena
Esta no es una cruzada contra un artista. Es una invitación a ampliar la conversación.
Porque la diversidad cultural de América Latina —y del mundo en general— es inmensa, compleja y profundamente rica. Y reducirla a un solo ritmo, a una sola estética y a una sola narrativa… sería una pérdida demasiado grande.
El fenómeno de Bad Bunny es parte de nuestra época —una época de integración, de choque de culturas y de redefinición de qué es “mainstream”. Pero nuestra identidad colectiva —como latinoamericanos o como seres humanos— siempre será más amplia que cualquier tendencia musical.


conversaciones de facebook
discusion