Palacio de Bellas Artes, epígrafe de la cultura

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Roberto Rodríguez Rebollo

CIUDAD DE MEXICO.

El Porfiriato es una de las etapas más controvertidas de la historia de México, llena de claroscuros que se vieron reflejados en diferentes ámbitos, principalmente en el del desarrollo de diversos sectores. Sin embargo, más allá de la polémica, unos de los rubros que más marcó al país es la arquitectura que en conjunto con los avances tecnológicos de la época, hicieron que nuestro país tuviera un crecimiento político y económico inédito. 
 
La modernización del paisaje urbano es uno de los sellos que se imprimió en México como parte de su transformación. El cambio era notorio, las grandes y lujosas edificaciones de estilo afrancesado se fueron apoderando de los aspectos de la vida cotidiana del país. Sin embargo, no todo sería miel sobre hojuelas ya que con el estallido de la Revolución se detuvieron muchas obras que en ese momento se encontraban en proceso de construcción.

 

 

Tal es el caso del Palacio de Bellas Artes, cuya primera piedra la colocó de manera oficial el mismo Porfirio Díaz en 1905, aunque los trabajos de construcción comenzaron el 04 de enero de 1904. Tras haber iniciado el proyecto a cargo del famoso arquitecto italiano Adamo Boari, la obra se suspendió quedando inconclusa debido a que las condiciones políticas no eran óptimas en el país para continuar. A partir de ese momento, la suerte no le habría de sonreír al que sería el nuevo Teatro Nacional. Elefante blanco le decían por su parecido con un mamífero gigante, aunado a la lentitud de su construcción.

 

Alrededor de 25 millones de pesos fue el costo final de la edificación, aunque inicialmente se contempló que costara 4 millones y el tiempo de construcción se estimaba en 4 años. Cosa que no se logró. El terreno en que se construyó pertenecía al antiguo convento de Santa Isabel, mismo que tuvo que ser demolido y que ocupaba buena parte del territorio en que hoy se encuentra el Palacio de Bellas Artes. Lo anterior coincide con la demolición del Gran Teatro Nacional en 1901, que era considerado como una obra arquitectónica imprescindible para la época.

 

 

LA INAUGURACIÓN

Tuvieron que pasar 30 años para que la imponente obra se concluyera. Después de postergarlo varias veces, se asignó el proyecto al arquitecto Federico Mariscal, que se encargó de ultimar los detalles de la obra inconclusa, apegado a las tendencias arquitectónicas de la época, situación que le dio al Palacio de Bellas Artes un toque ecléctico en ciertas partes de su decorado interno.

Así, el 29 de septiembre de 1934 fue inaugurado por el entonces presidente Abelardo L. Rodríguez. El inusitado acto fue anunciado con especial talante un día antes en las páginas de Excélsior: “Hoy será inaugurado el fastuoso Palacio de Bellas Artes”, decía el cabezal de la portada de la segunda sección del sábado 29 de septiembre, acompañado de aspectos fotográficos del nuevo Palacio Nacional. Al tiempo que se anunciaba también la primera temporada de teatro que ofrecería el nuevo y alucinante recinto cultural. 

“Como antaño, vuelve la capital de la República a ufanarse de contar con su Teatro Nacional, que será en adelante su más bello y suntuoso ornato arquitectónico”, escribió Roberto “El Diablo”, el mismo día en Excélsior. 

La ceremonia se llevó a cabo a las 11:00 de la mañana; a ella asistió una selecta comitiva de funcionarios públicos, así como invitados de honor del ámbito cultural y artístico nacional e internacional, quienes se reunieron “En el interior de la sala a cuyo fondo se ostenta el telón único, en que el paisaje de los volcanes tomaba iridiscencias naracadas de amanecer…” Según la nota de Excélsior del 30 de septiembre de1934.

Acto seguido, se escuchó el himno nacional interpretado por la Orquesta Sinfónica de México a cargo del maestro Carlos Chávez, para después interpretar la Sinfonía Proletaria, y al terminar esta, “Se produjo un completo silencio…” entonces, Abelardo L. Rodríguez dijo: “Hoy, veintinueve de septiembre de mil novecientos treinta y cuatro, declaro inaugurado el Palacio de las Bellas Artes, dentro de divulgación cultural, uno de los puntos básicos del programa revolucionario.”

Una vez concluido el discurso del presidente, comenzaron a sonar con gran esplendor las notas de la Sexta Sinfonía de Beethoven, siendo disfrutada por los asistentes en medio de aplausos y regocijo. El coloso de mármol daba las primeras muestras de su esplendor en el mundo de las artes y la cultura. 

Posteriormente se realizó un breve recorrido por las galerías de arte mientras miles de personas que se habían dado cita afuera del recinto esperaban impacientes poder ingresar. De esa forma nació el nuevo Teatro Nacional, que poco después se conocería como Palacio de Bellas Artes. Mientras tanto, los festejos y la pompa continúo los siguientes días.

EL EXTERIOR 

Cuatro pegasos, obras del escultor español Agustín Querol, llegaron en 1911 a México la intención era que fueran colocados en las cúpulas del Palacio de Bellas Artes, cosa que no fue posible debido a los hundimientos que presentó el inmueble debido a lo fangoso del terreno, quedando así en la explanada del mismo palacio. Años después fueron llevados al Zócalo de la Ciudad de México, regresando a Bellas Artes en 1928 para seguir custodiando el titánico recinto. 

En la actualidad, otro elemento que da vida al paisaje exterior del magno recinto cultural, como una estatua ecuestre en honor al revolucionario y expresidente Francisco I. Madero. Sin dejar de contar la espléndida vista que otorga al panorama la gran Alameda Central. 

Mientras que la fachada principal del máximo inmueble cultura del país se encuentra adornada por la escultura El Tímpano, del artista italiano Leonardo Bistolfi, que simboliza el amor, el odio y la armonía. También la escultura llamada La Edad Viril, de André Allar. En las fachadas laterales se encuentran cuatro figuras colosales bajorrelieves. Ya en la parte superior, una cúpula central que preside un águila azteca devorando una serpiente, acompañada de dos cúpulas más a los costados.

EL INTERIOR

Cuenta con diversas salas de exhibición, sin embargo, destacan 15 murales de artistas mexicanos como diego Rivera, Davis Alfaro Siqueiros y José Clemente Orozco, mismos que ilustran la vida cotidiana de México durante distintas etapas. Una representación artística que detalla, en la mirada de sus autores, diferentes aspectos políticos y sociales, y a sus protagonistas.

La lámpara de Apolo, que se encuentra en el techo de la sala principal de teatro, obra del artista húngaro Géza Marotti, en el que está representado el dios griego Apolo, hijo de Zeus, que representa la luz y la música, rodeado de las musas de las artes acompañado de una alegoría del arte teatral a través del tiempo.

Al frente se aprecia el gran telón de cristal, mejor conocido como “Telón de Tiffany”, en el que están plasmados el Popocatépetl y el Iztaccíhuatl, del que Excélsior, en su edición del 29 de septiembre de 1934, un día antes de la inauguración del palacio, dice al respecto:

“La hermosa cortina de cristales que sirve como telón de boca de coliseo, es de mosaico y cristal opalescentes, constando de un millón de piezas, perfectamente incombustibles. Fue construida por la casa “Tiffany Studios” de Nueva York tiene un procedimiento de ascensión por medio de un “wincher” eléctrico.”

HACIENDO ESCUELA Y DESPIDIENDO A LOS GRANDES

En diciembre de 1946, se creó el Instituto Nacional de Bellas Artes (INBA), dotando así de un soporte institucional al gran recinto cultural que representa el palacio que rige hasta la fecha. Alberga el Museo Nacional de Arquitectura, la Escuela de Arte teatral y también vio nacer a la Escuela Nacional de Archiveros, hoy Escuela Nacional de Biblioteconomía y Archivonomía (ENBA), durante un periodo efímero de 1945 a 1946. 

El Palacio de Bellas Artes, como institución de cultura y máximo referente de las artes nacionales, ha sido cuna de una gran diversidad de artistas que han emanado de su estirpe natural. Además, también bajo sus muros se ha rendido homenajes póstumos a un sinfín de personajes del mundo artístico y cultural por su distinguida aportación a las Bellas Artes como Frida Kahlo, Diego Rivera, Pedro Infante, Carlos Fuentes, Carlos Monsivais, Gabriel García Márquez, Cantinflas, entre otros.

LLEGÓ PARA QUEDARSE

En 1987 la Organización de las Naciones Unidas para la Educación, la Ciencia y la Cultura (UNESCO) lo declaró monumento patrimonio de la humanidad, con lo que se consolidó como el recinto arquitectónico y cultural más importante de México

La catedral del arte que se erige como símbolo de la opulencia artística de nuestro país; se asoma con gran categoría todos los días para contemplar el complejo panorama de la gran urbe que abraza la blancura del sublime elefante blanco qué solo Bellas Artes por su naturaleza misma es capaz de lograr. Actualmente es difícil imaginar al Centro de la Ciudad de México sin esa estampa que se conjuga entre la Torre Latinoamericana, el Palacio postal, la Alameda Central y el elemento principal: el Palacio de Bellas Artes.

“Pasarán los siglos, aparecerán y desaparecerán las generaciones; pero la obra perdurará, magnífica, esplendente, en el centro de esta nuestra cautivadora capital.” Excélsior, 30 de septiembre de 1934.

 

 

 

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