Primero fue el puente, luego se borró la frontera

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La abuela de Tomislav Vukovic tuvo cinco nacionalidades durante su vida sin moverse del sitio. Cosas del siglo XX, el de las grandes guerras. Tomislav, el nieto, nació hace 52 años a orillas del Adriático, en la ciudad croata de Rijeka. Con cuatro años viajó con su familia a Suecia y ahí se quedó. No le pasó lo que a su abuela, pero aún por entonces, cada vez que quería visitar su ciudad natal, tenía que cruzar frontera tras frontera, documentación en ristre. «Hoy puedo viajar a Croacia en coche sin enseñar mi pasaporte», relata con cierto orgullo en un café de la ciudad de Malmö, en el sureste del país nórdico. Es otra Europa. Porque el café, Tomislav se lo toma en Suecia, pero el trabajo lo tiene en Copenhague (Dinamarca). Opción: atravesar el puente de Oresund, que conecta los dos países, un mastodonte de acero de 82.000 toneladas inaugurado en julio de 2000 gracias a la obstinación de daneses y suecos y, en parte también, al dinero de la Unión Europea.

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