Vaquita Marina, crónica de una extinción anunciada (3 de 3)

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Opacidad, corrupción y negligencia marcarán el adiós de la vaquita marina en el Alto Golfo de California, el único lugar del mundo donde existe este pequeño cetaceo de la familia de las marsopas.

 

Más de dos mil 100 millones de pesos invertidos en el sexenio pasado, – en un lapso de dos años con ocho meses -, que no sirvieron de nada.

 

Gastros que resultaron infructusos como la entrega de compensaciones económicas a pescadores, permisionarios y cadena productiva de San Felipe, Baja California y el Golfo de Santa Clara, Sonora, para que sacaran sus redes del mar.

 

Compra de lanchas rápidas y drones de última generación con el fin de fortalecer la vigilancia en el hábitat del mamífero marino en mayor peligro del mundo.

 

Implementación de un programa para preservar a esta especie mexicana en semicautiverio que concluyó con la muerte de una hembra en edad adulta.

 

El resultado fue el declive del 98 por ciento de la población de vaquita marina, que la tiene hoy a un paso de la extinción.

 

“Digamos que impulsaron una política bien intencionada que tuvo un efecto contrario al esperado, porque lo que ocurrió es que sacaron a los pescadores legales del mar y le dejaron el espacio libre para maniobrar a la pesca ilegal”, explicó Héctor Licón, coordinador del Proyecto Curvina Golfina de EDF de México.

 

El Instituto Nacional de la Pesca (Inapesca), estima que únicamente en 2017, fueron capturados de manera ilegal 21 mil ejemplares de pez Totoaba en el Golfo de California, con un peso aproximado de mil 400 toneladas.

 

 

Una pesquería con redes de enmalle, prohibida desde 1975, en la que muere ahogada, como daño colateral, la vaquita marina.

 

Sin rumbo

 

La crisis en el Alto Golfo de California llegó a su punto máximo con la entrada del nuevo gobierno.

 

De inicio, se cancelaron los apoyos a pescadores sin ofrecerles alternativas ni opciones productivas inmediatas.

 

“La estrategia no presenta metas a corto plazo, no se traduce en políticas públicas, estamos hablando únicamente de deseos”, advirtió Alejandro Olivera, representante en México del Centro para la Diversidad Biológica.

 

El anuncio de la Iniciativa de Sustentabilidad del Alto Golfo de California por parte del Gobierno de México con programas de Bienestar y proyectos de agricultura y ganadería, fuera de la realidad, sin presupuesto y acciones concretas, fue lo que originó que todos, pescadores legales e ilegales, regresaran al mar.

 

“A ver ¿Dónde hacemos los proyectos?, Apenas que sequemos el mar y lo hagamos agrícola; no, nosotros somos pescadores”, advirtió Carlos Tirado, representante de la Federación de Cooperativas Ribereñas de Pescadores del Golfo de Santa Clara.

 

Pesca furtiva

 

La situación que se vive en la región es muy grave.

 

A plena luz del día, Excélsior fue testigo de la captura ilegal de pez Totoaba, muy cerca del Puerto de San Felipe.

 

Alrededor de las ocho de la mañana, seis ocupantes de una panga recogen a toda velocidad una red prohibida de aproximadamente dos kilómetros de longitud.

 

Minutos después, aparece la llamada cocaína del mar. Los pescadores ilegales la suben a bordo, le quitan la malla y la colocan sobre la popa.

 

Las hembras de pez Totoaba son las más cotizadas, porque su vejiga natatoria es más grande y a pie de playa se pagan cuatro mil dólares el kilogramo, algo así como 76 mil pesos.

 

“Vienen chinos para acá o va uno a diferentes lugares, a Ensenada a Tijuana; no es cierto eso que dicen que hay un Cártel de la Totoaba y que una sola persona está encargada de todo el trasiego de buches”, manifestó Sunshine Rodríguez, exlíder de pescadores de San Felipe.

 

Con mucho cuidado se extrae la vejiga natatoria del pez Totoaba, lo importante es que la pieza esté completa, que tenga sus dos apéndices tubulares. Terminada la operación, hay que deshacerse del cadáver y volver a tirar la red.

 

En nuestro recorrido en panga, conocimos a Francisco, un pescador ilegal que lucha por salir adelante y que reconoce que hace algún tiempo fue totoabero.

 

“Yo no te digo que no he trabajado la Totoaba, si la he trabajado, cuando recién empezó en los primeros años”, señaló.

 

Con 29 años en el oficio, Francisco reveló que en su momento vendió entre 100 y 150 buches de hembra, lo que le permitió comprar su embarcación menor con motor fuera de borda y pagar algunas deudas.

 

 

El pescador ilegal reconoce que cuando las autoridades llegan a agarrar a alguien con buche de Totoaba, logran librar la cárcel pagando sobornos.

 

“El billete es el que manda, el dinero es el que manda aquí”, sostuvo.

 

De esta forma, es como llegamos al punto, donde la historia de la vaquita marina se convirtió en la crónica de una extinción anunciada, y ahora la última opción es la primera, buscar en un futuro la clonación de la especie, pero para eso falta tener congelado el ADN de un macho, porque la muestra de la hembra ya se tiene almacenada en el Frozen Zoo de San Diego.

 

“Tengo una misión casi imposible, sacar una biopsia de una vaquita macho, para obtener los cromosomas y llevarlos a San Diego, pero para que veas una vaquita está canijo y para que sea macho está más canijo y para darle con la flecha, pues está muy difícil”, lamentó Enoch Rizo, gerente de Operaciones del Buque Narval del Museo de la Ballena.

 





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