La gloria como un secreto

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Un monarca vestido de luces y un novillero que soñaba con escribir alguna buena faena volvían un día al hotel donde se hospedaban con el agridulce sabor en la saliva de una tarde que no fue de triunfo. El rey de seda azul con oro había toreado como nunca, pero malogrado sus prístinos párrafos con pinchazos imperdonables y el escritor en ciernes atesoraba sin palabras posibles haber presenciado la redacción taurina de una obra de arte, que nadie o casi nadie pudo apreciar desde los tendidos. Veníamos ambos en silencio desde el término de la corrida; el coche nos dejó en el sótano del hotel y al subir en elevador al lobby, entraron al ascensor otro torero y su mozo de espadas.

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