Ensenada, ciudad en agona – El Viga

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Profundos, crueles, expansivos, traicin a la vista de todos, a tal grado de obscenidad expuesta hasta cierto punto risible, por trgico que parezca, el paisaje lunar de bajo presupuesto que ofrecen las calles de Ensenada es similar al de una ciudad bombardeada por la viruela: supurante, carcomida, cacariza

Y que, despus de las lluvias, agravada, ofrece lo que resulta ser su mejor imagen: pstulas gangrenadas de un preso disminuido a latigazos, humillado en sus propios surcos y deshechos.

Cmo se ha llegado a lo anterior? Perdimos la brjula a la par de la ineficiencia administrativa? Nos tom el pelo el Gobierno del Estado y dej que nuestra perra suerte nos mordiera? Fuimos vctimas de una paraestatal, CESPE, que slo se aplic a la servidumbre de cubrir agujeros en lo poltico, olvidndose hasta de los suyos?

Ensenada, fea y griscea, la Carnavalera del Pacfico; puerto que devor, piedra a piedra, el cerro El Mirador, para hacer de l una fcil cuesta para los oleajes, un rampaolas. Arquitectos al servicio de la destruccin, ya que es ms fcil destruir una casa que levantarla.

Reina en esta ciudad, en la Bella Cenicienta, un ambiente de insolencia existencial, seguido de un horizonte urbano de locales vacos: desolacin, depredacin y desesperacin que ya ninguno renta o que ya nadie compra.

La muerte, el crimen, el accidente y el absurdo inoculan la piel de los das y, ebria, la locura toma la noche.

Silenciada, la ciudad de Ensenada agoniza.

Inamovible, el rebao de ladrillo se extingue.
El odio y la envidia, la vileza y el cinismo son fuerzas que ya no sostienen el techo de la desesperanza y todo se viene abajo.

Los sufrimientos invitan a la fuga religiosa.

La tragedia impone su remanso de oraciones.
La desgracia realiza un rosario de lamentable desasosiego.

A veces el Paraso aparece slo como el parpadeo de una luz de nen verde.

Y, como una foca destazada a las faldas de cerro, entre el mar y el cielo el animal terrestre que no puede volar.

Como las balas, la miseria igual pone estos muertos.

De una manera poco impactante, ms lenta y, a veces, menos dolorosa, la desesperanza y la pobreza matan.

Los microbuses, la asfixia y la tortura tambin lo hacen.

Los cadveres, sin cabeza, cuelgan como piatas de los puentes, los practicantes del suicidio tambin; las decapitaciones y los cercenados aparecen a kilmetros de distancia o al da o las semanas siguientes, igual en una pista de disco o en una pista clandestina, ya bajo la fiesta de las luces, ya devoradas por las fauces de los perros o de las ratas.

Los que han tenido un poco ms de suerte, desaparecen en la cal o el cido (as ahorran horror a los parientes, a la vez que contraen una deuda metafsica: no tener la certeza de su ultimacin).

As, este escenario posee su catlogo de la Nota Roja, que es el termmetro ms certero de estos tiempos de oscurantismo, cremacin, secuestro, mutilacin, idiotez, desaparicin y crimen.

Ensenada es un lugar frente al mar, como alguna vez lo fue el Orn del Dr. Rieux: atrapados y sin salida, fcil la Solucin Final.

Quien lo dijo en verdad, emborronndolo en La peste, fue Albert Camus: Por algn tiempo al menos, seran felices. Ahora saban que si existe algo que se puede desear siempre y obtener slo a veces, es la ternura humana.

raelart@hotmail.com





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